J. C. Ossandón Widow, The Origins of the Canon of the Hebrew Bible. An Analysis of Josephus and 4 Ezra (Supplements to the Journal for the Study of Judaism, 186), Brill, Leiden-Boston 2018, ix + 274 pp. ISBN 9789004381612 (E-book) | ISBN 9789004381605 (hardback).

El libro que nos ocupa fue presentado en el Pontificio Instituto Bíblico como tesis doctoral en lengua castellana bajo el título Los orígenes del canon de la Biblia Hebrea. Análisis de los testimonios de Flavio Josefo y de 4 Esdras. La traducción se justifica por el hecho de hacer llegar a un público académico amplio el contenido de esta investigación. Trata, como ya lo han intentado tantos otros, de dar cuenta de la formación del canon actual de la Biblia Hebraica y hurga para ello en los dos testimonios más antiguos que poseemos, como son los textos de Flavio Josefo y 4 Esdras. Lo hace en detalle y analizando cada elemento que estos testigos ofrecen, lo que le da a la obra eso que podemos llamar el carácter de obra exhaustiva: esto significa que quien desee a partir de ahora estudiar este tema en esas obras no podrá omitir su lectura.

La sección introductoria es por demás interesante. Comienza con la discusión sobre la fecha de la formación del canon. Señala que mientras unos dicen que es anterior al año 70 CE otros, incluido el autor, consideran que es posterior a esa fecha. Entre los argumentos se privilegia la ausencia en los documentos de Qumrán de una lista de obras o de la mención de un canon. Pero se señala que la ausencia de Ester en Qumrán puede deberse a la mera casualidad, aunque no parece que ese argumento valga al autor para considerar la ausencia de un texto que indique una colección especial de obras. Es sabido que el porcentaje de textos efectivamente rescatados y legibles es muy bajo respecto a la totalidad de los textos que habitaban las cuevas en el desierto.

La segunda parte de la introducción discute de manera clara y profunda las cuestiones sobre las ediciones impresas de la Biblia, el mismo término Biblia y Biblia Hebraica así como el paso del soporte en rollos al códex y luego al libro. Breve e introductoria como es esta sección, no deja de ser una excelente exposición de los principales temas y problemas de nomenclaturas con los cuales trabajamos en el campo bíblico. Y a la vez revela cuanto asumimos como inherente al texto cuando en realidad corresponde a situaciones muy posteriores, como el caso de la división tripartida del Antiguo Testamento o la idea de canon, presente hoy en el cristianismo y el judaísmo, pero cuya concepción y realidad es compleja y merece ser discutida.

Luego entramos al cuerpo central del trabajo. Se divide en tres partes, dedicadas a los textos de Josefo, al 4 Esdras y el último a comparar las conclusiones de sendas previas secciones y arribar a una conclusión. Dentro de los textos de Josefo se privilegia el análisis de Contra Apión del que se cita en extenso el párrafo donde señala la existencia de veintidós libros del canon (Contra Apión 1,37-45). A continuación el autor analiza en detalle ese texto y busca identificar a qué libros se refiere y cómo llegar a partir de ellos a los veinticuatro libros actuales. No hay dudas sobre los cinco libros del Pentateuco pero sobre los diecisiete restantes hay diversas alternativas. Señala que puede haber incluido Lamentaciones y Rut dentro de Jeremías y Jueces respectivamente. Otra opción es que no considerara a Cantar de los Cantares y Eclesiastés dentro de los libros sagrados. Por ambas vías se llega a los libros que hoy exhibe el canon de la Biblia Hebrea. Expone luego que Josefo habla también de “otros libros” judíos que no son parte de esa primera lista pero que gozan de credibilidad en la comunidad. Los identifica como escritos por los “profetas”, aunque para pena nuestra no los identifica, ni a los profetas ni a las obras. Junto a otras valiosas consideraciones, la sección finaliza con una mirada general sobre las demás obras de Josefo y su uso en ellas de los libros que estaban, y en algunos casos permanecieron, al margen del canos de las Escrituras.

La parte 2 se titula “Los noventa y cuatro libros de la Torá según 4 Esdras”. Luego de clarificar los diferentes nombres dados a esta obra y la confusión que suele acompañarla, señala que el llamado 4 Esdras en la Vulgata es el que corresponde a los capítulos 3-14 de la obra. Esta sección es el texto judío, mientras que 1-2 y 15-16 son adiciones cristianas posteriores. Establecido esto, el autor señala el final del siglo i como fecha probable de composición y en un lugar indeterminado. Luego con buen tino el autor resume el contenido de la obra en general. Lo hace debido a que incluso buenos biblistas no están familiarizados con esta obra, por su carácter marginal y porque aunque es parte de la Vulgata no lo es de la Septuaginta, lo que la aleja un poco más del horizonte de obras que normalmente se tienen en cuenta en los estudios del AT. Atendiendo a esto, y yendo aun mucho más allá el autor encara un verdadero estudio de 4 Esdras que bien puede considerarse una extensa y valiosa introducción a esta obra. Sin bien lo hace teniendo siempre el horizonte del canon, no deja de tratar y analizar diversos aspectos de su contenido que introducen al lector en el mundo complejo y rico de sus páginas.

A continuación se concentra en la sección séptima de 4 Esdras (la última) que contiene la mención de los noventa y cuatro libros e incluye su fallecimiento en forma de asunción al cielo. La distinción que la obra hace entre los veinticuatro libros “públicos” destinada a toda persona y los setenta restantes “ocultos” y dados solo a los “sabios” (4 Esdras 14,45-47) plantea diversas preguntas que nuestro autor busca analizar y ofrecer su respuesta. Pero es complejo pues 4 Esdras mismo señala que fue Moisés quien al escribir los textos estableció la distinción y dispuso unos para todo el pueblo y otros solo para los elegidos. Esto plantea la pregunta de si el conocimiento de los primeros veinticuatro libros son suficientes para adquirir la vida eterna y la salvación, ¿cuál es la función de los setenta restantes? Y por otro lado, si conocer los setenta libros es imprescindible, ¿cuál es el sentido de distinguirlos de los primeros veinticuatro? Tengamos en cuenta que de ellos Esdras 4,14-47 que son “fuente de sabiduría y un río de conocimiento”. De acuerdo a Ossandón Widow el libro no llega a afirmar la necesidad del conocimiento de estos setenta libros para obtener la salvación sino que será un agregado de conocimiento abierto en el final de los días. Este agregado dará consuelo y testificará que es posible sobrevivir en la dificultad y la angustia.

En la sección dedicada al contexto histórico y literario de 4 Esdras aborda la figura de Esdras y la identificación de los dos grupos de libros aludidos. Señala, luego de un largo desarrollo de la investigación, que respecto al canon 4 Esdras nos muestra que aunque no se puede afirmar con certeza que los veinticuatro libros corresponden a los actuales libros que conforman la Biblia Hebraica, es altamente probable que así sea. Y que los restantes setenta libros han de corresponder a buena parte de la literatura que no encontró lugar en la Biblia y de los cuales muchos hoy conocemos. Nota, también, que el número setenta tiene tradición en las narrativas bíblicas y que no debería tomarse en forma literal, sino pensar en un número extenso de obras.

Concluye este trabajo señalando la confluencia de Josefo y de 4 Esdras respecto a los libros de la Biblia Hebraica. Con algunas reservas ya señaladas, se puede asumir que ambos parecen aludir a la misma colección de obras: los veintidós (Josefo) y veinticuatro (4 Esdras) corresponderían a los mismos libros y estos a los actuales veinticuatro de la Biblia Hebraica. Y hacia el final el autor vuelve sobre el tema de la fecha de composición de esta colección o canon. Afirma que habría sido “apenas después del año 70, cuando el judaísmo comienza su reorganización sin el templo”. La ausencia de mención de los veinticuatro libros en otras obras de las época o anteriores parece señalar que el canon no estaba conformado antes de esa fecha.

Deseo hacer dos consideraciones finales. Pienso que la investigación del origen del canon bíblico debería considerarse casi un “género policial”. Una novela en la cual el crimen no se resuelve y queda siempre abierto a hipótesis que buscan explicar el último episodio que permanece en la obscuridad. Al final de este trabajo la afirmación de que el canon fue constituido “apenas después del año 70” es una hipótesis que no puede derribar otras, incluso aquellas que afirman que ya estaba constituido antes de esa fecha. Es más, de ser así como el A. sugiere, se estaría dando nueva vida a la hipótesis de Yavneh, aunque fuera en otro lugar y sin el romanticismo propio de esa versión de los hechos.

Me queda solo felicitar al A. por el trabajo que ha producido. Este tipo de investigación no es frecuente en nuestro medio pero esta es una muestra de la versatilidad que poseen los estudios bíblicos en América Latina. Es un orgullo que desde estos lugares podamos contribuir al saber bíblico con obras de esta envergadura.

Pablo R. Andiñach

Pontificia Universidad Católica (Argentina)

andinachp@gmail.com